Nuestra educación responde a esa pregunta con un nombre, un D.N.I., títulos, el papel social y laboral que ocupo... piezas que componen un personaje hecho en parte de carne y hueso, en parte de información (la historia personal). Personaje que va cambiando: ahora soy un mecánico, mañana soy un jubilado; ahora soy un adolescente, después peino canas. También soy mi cuerpo, lo que pienso... cosas que caducan, que cambian inexorablemente.

A la vez albergamos un conjunto de yoes que compiten por llevar las riendas: una voz nos dice que hagamos esto, otra que aquello; ciertas creencias nos animan a ser confiados, otras insisten en no serlo, y así nos manifestamos como un reino dividido, a menudo en guerra civil, confusos mientras cada bando intenta imponer sus criterios. Para salir de este atolladero hay que encontrar esa identidad única que no muda con el tiempo.

Decía un lúcido hombre del siglo XX que sólo podía confiar en los seres únicos, es decir, cuya voluntad es una y no múltiple, pues sólo así la palabra dada puede mantenerse: ¿quién te asegura que a la vuelta de unos días el que te ibas a encontrar no sería otro de sus yoes, defendiendo justo lo contrario?.

Tomar las riendas de nosotros mismos

Las creencias, -teorías sobre la realidad-, la sesgada percepción que tenemos de los demás, el mecánico esfuerzo que realizamos para conseguir lo que nuestra cabeza desea -o nos insisten que es deseable-, el rutinario y reflejo comportamiento que es nuestra norma de actuación cotidiana, la prisa que nos impide darnos cuenta de lo que está presente... son algunos ejemplos de las distracciones que no dejan hueco para detenerse y comprender las leyes que gobiernan nuestra mente, sentimientos, cuerpo y la Totalidad. Así, en una loca carrera por obtener cosas y alcanzar metas -que ya empezó tempranamente en el colegio y la familia, nos hemos convertido en unos completos ignorantes de nosotros mismos. Respondemos al modelo de caja negra conductista -determinados estímulos generan comportamientos reflejos-, inconscientes de los procesos que ocurren en nuestro interior. A la postre habitamos una jaula compartida, con la puerta siempre abierta, pero llena de gente y mensajes que cautivan nuestra atención haciéndonos gastar la energía en defender y repetir los haceres, pensamientos y reglas que ejercen de barrotes. Nos damos razones para no abandonar el encierro, aunque en paralelo nos quejamos amargamente de las duras condiciones que soportamos. Pero claro, como no hay alternativa -nos decimos. Miramos alrededor y casi todos parecen de acuerdo.

Ignoramos cómo funcionamos, lo que somos y de qué está hecho lo que nos rodea, admirándonos ante cualquiera que sea mínimamente dueño de sí. Y para ser dueños de sí debemos conocernos, dar con lo que auténticamente somos. Encontrar el eje único desde donde tomar las riendas.

Lo chocante es que conocerse está al alcance de todos (un derecho como seres conscientes): no es patrimonio de quienes posean habilidades o constitución especiales, porque no es un objetivo externo y lejano, un tesoro escondido a disposición de unos pocos. Es verdaderamente un tesoro, pero lo llevamos puesto. Y encontrarlo es cuestión de soltar más que de adquirir.

Las claves para recuperarnos están a disposición de cualquiera. El primer paso, no defender ninguna creencia, abrir la curiosidad para vivir la vida no como una rutinaria repetición de hábitos y costumbres sino como una aventura por descubrir. Y estar dispuestos a sorprendernos, a experimentar lo inaudito, a cambiar de arriba abajo. Si nos aferramos a ciertas creencias (las creemos a pies juntillas) todo lo que experimentemos estará previamente filtrado y dará lugar a una percepción sesgada y predecible. Así no podemos enteramos de lo que realmente ocurre. Puede que se nos esté ofreciendo una oportunidad largamente esperada y que no nos demos cuenta. Soltar las creencias, relativizarlas nos hace más despiertos y ofrece nuevas oportunidades de descubrimiento.

Claves para dar con lo que eres

Para dar con lo que eres, renuncia a lo que no eres. No eres los pensamientos, ni lo que sientes, ni tu cuerpo, pues todo eso cambia, no es una identidad. Eres quien lo experimenta y lo mueve. La conciencia de ser. Cuando no te identificas con lo que hay caes en el fondo de tí mismo. Y desde ahí sabrás cuidarte de la mejor manera. No puedes hacer la cama subido en ella...

Usemos un ejemplo: las nubes aparecen y se disuelven, nunca se detiene el juego celeste. Tomemos ahora los pensamientos; éstos también aparecen en nuestro campo mental, cambian y desaparecen. A menos que les demos cuerda, los repitamos y alimentemos. Desidentificarse es limitarse a observar su flujo, como hacemos con las nubes. Observas pero no eres lo observado. Los sucesos, los estados, si permites su proceso, caen por su propio peso. Y el que no desaparece es el Testigo, desde donde observas y decides. Ese Testigo, vacío, detenido, sin forma ni caducidad es la base, nuestra esencia.

Técnica de la desidentificación
"Puedo ver y sentir mi cuerpo, asumir deseos, sentir emociones y sentimientos, experimentar pensamientos, pero nada de todo ello soy. Lo que se puede ver, sentir, conocer no es el auténtico conocedor o perceptor. Tengo un cuerpo, deseos, emociones, sentimientos y pensamientos, pero no soy nada de todo ello. Soy lo que queda, un puro centro de percepción consciente, un testigo inmóvil de todos estos pensamientos, emociones, sentimientos y deseos."

Cualquier emoción, sensación, idea o recuerdo que te perturbe es algo con lo que te has identificado; para apaciguar la perturbación hay que desidentificarse de ello.

La mayor parte de nuestros problemas parten del exceso de importancia y seriedad que le otorgamos a nuestros procesos mentales y conflictos con otros humanos. El auténtico camino del conocimiento interior implica dar importancia a lo más importante, poniendo todo lo demás al mismo nivel.

Flexibilidad, adaptación, alegría, despreocupación, intensidad, capacidad de abandonar el sufrimiento... deben acompañar el camino de lo sagrado. Recobrarse a sí mismo no es un camino de espinas, sino de liberación, así que disfrutemos de esta aventura que puede ser la vida, más allá de la Ciudad Laberinto. Y celebremos el compartir la senda con otros Don Nadie, que también han elegido ser nada para poder serlo todo.