Crónicas de Las 4 Direcciones

Baza, 2004-2005

Este
Sur
Oeste


Las 4 Direcciones del Mundo Interior

Un Viaje Personal

Mi más sincero agradecimiento al Capitán y a la tripulación que hizo posible navegara este barco.
Dara

"Tengo un mapa para orientarme; el territorio soy yo, el camino es un misterio que se va desvelando al recorrerlo."

Este relato describe un viaje en el que la protagonista toma conciencia de sí misma, de la realidad externa y de poseer una misión en la vida; un viaje que cambia la perspectiva vital de la protagonista, lo que afecta al modo de ver los acontecimientos exteriores y a ella misma.
Mi deseo es que quede constancia, como en todo viaje, de los territorios recorridos y de lo que aconteció en el camino.
Esta crónica que me propongo dejar escrita hoy me supone un viaje mental hacia atrás de casi un año, así que, aunque es una pena, quizás algunos episodios no queden muy bien relatados o quizás ni siquiera transcritos, aunque estoy segura que en mí, recordados o no, siempre quedarán.

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El Este

Hay momentos en los que una se harta de lo que cree ser, momentos en los que lo que hay alrededor le cansa o hastía, quizás por eso mismo, porque empieza a ganar la batalla aquello de nosotros que no nos gusta y como un capullo de gusano de seda nos encierra tanto que parece que todo lo somos es eso que vemos, sentimos o pensamos.
Estando ahí, en mi capullo, no precisamente de seda, me embarqué en este viaje, y me embarqué con fe, con esperanza de poder cambiar y abierta y dispuesta a lo que hiciera falta, ¿qué sentido tendría esto si no?
Aunque este viaje es personal comparto barco con otras compañeras y naturalmente con el Capitán, maestro que tan sabiamente nos ha introducido en algo que para mí ya no tiene vuelta atrás.
Este Viaje comenzó la primavera pasada, concretamente en marzo del año 2004. Fue una amiga, una gran amiga la que me invitó a subir a este navío sin saber ni bien ni mal a donde nos llevaría pero con la certeza de que siempre quedaría grabado en nuestros corazones. Ella es la Centinela en este viaje, por algo ella organizó todo lo necesario, introdujo el barco en el inmenso mar y vigila la embarcación a cada instante. Sin descanso, controla los accesos, los camarotes, las zonas comunes y las individuales, el avituallamiento.... y nuestros corazones y lo hace callada y feliz y tras cada intensa aventura vivida juntas se le descubre en el semblante la satisfacción del deber cumplido. Al igual que a todos y a todas las que compartimos esta ruta, nunca le podré agradecer lo suficiente aquella invitación a un barco del que no sabíamos nada.
Gracias como digo a la Centinela, la nave estuvo a punto para zarpar a las puertas de la primavera y así lo hizo. En aquella ocasión subimos a cubierta doce tripulantas (Sole, Marita, Pepa, Marisa, Mª Carmen, Carmen Mª, Mariana, Mª Jesús, Paté, Begoña, Asun y yo) además del Capitán al que conocimos y nos conoció en el mismo instante de zarpar.
La mañana en que el barco hizo su incursión en el mar era bastante fresquita, es lo que cuentan, porque yo no lo recuerdo; si bien, recuerdo las estufas encendidas y nuestros semblantes iluminados, no tanto por el calor que desprendía la estufa sino por la emoción que nos iba excitando por momentos, la emoción de no saber a dónde íbamos realmente, de no conocer a quien nos guiaba y de ni siquiera conocernos bien entre nosotras mismas.
El equipaje de cada una de nosotras era bastante ligero, indicado así por el Capitán. Lo más importante, quizás imprescindible para soltar amarras y atisbar, sólo atisbar, otro lugar que no fuese en el que nos encontrábamos, fue una venda para los ojos y pongamos también una manta.
El Capitán nos recibió en cubierta y comenzamos el periplo con algunas interesantes instrucciones.
Recuerdo muy bien aquello de prestar atención a los cambios físicos y anímicos que en nosotras se sucedieran y adaptarse a ellos, procurando atender las señales que el cuerpo nos transmitiera y observando siempre desde lo que llamaríamos el observatorio. El observatorio es un lugar difícil de definir, es la zona desde la que se ve todo de forma impasible porque allí no pasa nada, allí no acontecen los sucesos, allí no se sienten emociones, allí no discurren los pensamientos... pero se tiene el mágico poder de ver todo lo que acaece. Esta fue la propuesta del Capitán para este viaje: "conocer los ciclos por los que pasamos y encontrar el tesoro de cada uno sin caer en su lado ingrato". Para ello nos dejaríamos llevar, sin reservas, por los cuatro vientos, las cuatro estaciones, LAS CUATRO DIRECCIONES.... y como eje, el centro donde se cruza la cruz de las cuatro direcciones, la quinta esencia, la conciencia, el Ser sin nombre.
Cuanto menos me pareció arriesgado pero muy interesante.
En aquella ocasión, nuestra primera ocasión, abrimos la puerta a los vientos del ESTE.
Todo lo que sucedió guiadas por estos vientos me resulta ahora tan lejano... intento rescatar de mi memoria todo lo ocurrido y me siento incapaz de relatar aventura alguna, no la recuerdo. Sin embargo, no puedo olvidar la sensación de sorpresa tras cada experiencia, las experiencias que vivimos aquellos días sucedieron tras la venda que tapaba nuestros ojos, unos ojos que ahora no veían el exterior y por ello veían tanto del interior.
Sólo necesité vientos del este durante dos días para intuir lo atrapada que estaba en aquel capullo, en aquella jaula que hasta entonces había creído que era lo único que existía aunque con la sensación de que quizás, sólo quizás, se podía salir. Experimenté ya por aquel entonces el miedo atroz que me impedía romper el capullo y cruzar el umbral, miedo a que fuera de allí no hubiera nada, NADA, ni siquiera oxígeno para respirar y donde moriría irremediablemente.
Pero los vientos del este no soplaron durante dos días, soplaron bastantes días más... y así, ayudada también por los amaneceres de intenso color rojizo y anaranjado de esta primavera que nos cargaba de energía, siento que los infranqueables muros entre los que vivo no sólo no son lo único que hay sino que además experimento la sensación de poderlos derribar como si fuesen de papel. Desde luego que aún no sabía ni como, ni siquiera tenía la certeza de querer hacerlo, pero sentí que se podía y percibí que alguna gente viaja LIBRE, gente que se ha encontrado con quien ES y que vive desde su verdadero SER.
Decidí hacer este viaje con un nuevo nombre y me quise llamar Brisa. Brisa ya había visitado mi mundo, había estado en mi capullo, sólo una vez, pero fue auténtica, así que me pareció que era una bonita forma de darle las gracias por aquella visita hace ya mucho tiempo.
Mientras nos guiaban los mágicos vientos de lo nuevo, la danza, la alegría, el despertar... se posan en mí muchos estados de ánimo, muchos pensamientos, muchos sentimientos.... Aparece la rabia y la dureza hacia mí misma por haber creído durante tanto tiempo que mi cárcel era lo único que había, por haber puesto límites a mis pensamientos, a mi imaginación, por haberlo dado todo por hecho, por no haber dudado, por haber creído sin atisbo de duda.
Creo que en ningún momento abrigué desconfianza ante el viaje iniciado, sin embargo algunas de mis compañeras de viaje sintieron en sus cuerpos y en sus mentes lo absurdo de la situación corriendo aventuras, que en ocasiones nos hacían daño, sin aparente sentido. Incluso el miedo atrapó a algunas durante algún tiempo, un miedo extraño, no tanto al viaje, que a veces también, sino al imaginado rechazo de los que no ven, miedo causado por la necesidad de que no pareciera que habíamos perdido la cordura, miedo a que al atracar nos dijeran, como de hecho nos decían, que ese barco no nos llevaría a buen puerto.
Hubo días en que no parecía primavera, en que las nubes no nos dejaron ver el sol en mucho tiempo, en los que todo tenía la apariencia de seguir igual que siempre unida a la desazón de no saber si el barco surcaba el mar o había echado el ancla. No obstante encontramos un punto de inflexión. Aquel día las nubes cerraban el cielo no dejando paso al sol, el desánimo y la desilusión se había posado en nosotras, quizás el Capitán así lo percibió ya que aquella mañana nos enseñó a poner la intención en algo para descubrir la fuerza y el poder que ese hecho tenía. Junta la tripulación en la cubierta pusimos la intención en pedir al sol un gesto, una señal... de que aunque no lo veíamos él estaba allí. Una lluvia menuda caía sobre nuestros rostros fríos que se levantaban mirando imperturbables el cerrado cielo, la humedad iba calando hasta los huesos... en aquel momento se produjo el milagro, los nubarrones hicieron sólo el hueco necesario para que vislumbráramos durante un instante aquella maravillosa esfera de fuego y calor que ahora y sólo por un momento nos calentaba. Aquel día aprendí la importancia de estar atenta, abierta a todo, el instante que pasa ya no vuelve a pasar, el cambio es el fundamento de lo vivo y tu puedes estar ahí disfrutándolo, dándote cuenta o dejándolo pasar sin apenas percibirlo, tu eliges.

Aquello nos transformó, la alegría y el gozo se apoderó de nosotras. Aunque quizás en aquel momento nos pasó desapercibido el poder que teníamos. Sólo con poner la intención la naturaleza, la Vida, nos haría un guiño. A mí me quedaría claro más adelante: Cuando quieres algo, todo el Universo conspira para hacer realidad tu deseo.
Los vientos del Este duraron tres meses, lo que duró la primavera. Fue una primavera intensa, de ver como si todo fuese nuevo, de descubrimientos, de gran energía, de vivir el presente y gozar con él. De iniciarnos en juegos en ocasiones atrevidos y arriesgados, así que también conocimos algunos lobos del este; el lobo de la impulsividad, de la apetencia sin reflexión, olvidando que cada acto tiene sus consecuencias. Los lobos se camuflan a la perfección, junto con mi compañera,-a la que voy a llamar la Enmascarada no sin dificultad ya que no encuentro nombre que defina que casi nada tiene que ver con lo que parece- vivimos un tiempo muy engañadas y si no hubiese sido porque en su momento cometió un error y le vimos su pelaje quizás nos hubiese devorado.
Seguir a este lobo te da una falsa sensación de libertad por lo que jugar con él nos resultó tan atractivo. Hechizadas por él, la Enmascarada y yo recorrimos caminos extremadamente peligrosos y a gran velocidad, con él siempre sentíamos el viento en la cara, se nos enredaba el pelo por la polvareda levantada en el camino y sentíamos como nuevo el sol que nos calentaba al aire libre en cada disparatada aventura. Es un lobo que está pendiente, no pierde oportunidad y en cuanto Set (el deseo) aparece, el lobo está encantadoramente dispuesto para satisfacer lo que sea, lo que lo hace peligrosamente atractivo y seductor. Y no fue precisamente pronto cuando nos dimos cuenta de que aquello podía tener consecuencias desastrosas para nuestras vidas ya que olvidamos nuestras responsabilidades, responsabilidades que afectaban también a otros seres... en fin, que en un descuido le vimos la cara a tan astuto lobo y aunque no muy conscientes del daño que nos estaba haciendo decidimos dejar de vernos con él, me doy cuenta cuan grande sería aquel hechizo que pasó mucho tiempo en que pensamos que fuimos nosotras las crueles al darle tal esquinazo, que no estuvo bien cortar así con alguien que lo que nos hacía era disfrutar.
En esta misma primavera, junto con la Centinela, emprendí con ilusión algunos nuevos proyectos... Yo descubrí algunos de mis personajes, bueno descubrí lo bien construida que tengo mi gran máscara y lo atrapada que me tenía, aunque intenté jugar y utilizar otros personajes no pude sino que toparme con muchos de mis miedos a traspasar ciertos umbrales. En esta primavera yo no pude cambiar de disfraz a mi antojo, lo que produjo en mí una terrible tristeza y desolación. La desolación de descubrir que toda mi energía y vitalidad estaba, a mi pesar, a disposición de esa apariencia, la tristeza de descubrir la tiranía limitante de mi personaje sin oportunidad alguna de poder manejarlo. Ahora entiendo, desde la perspectiva que da la distancia en el tiempo, que la prisa típica también de estos vientos, me tenía cogida.
Con estos sentimientos de abatimiento e impotencia empezaron a soplar los vientos del Sur, y el Capitán nos volvió a congregar.


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El Sur

"Sólo si has probado lo inefable puedes saber lo que buscas"


Reunidas en cubierta fue cuando nos dimos cuenta de que la tripulación había cambiado, cinco de las tripulantes que partieron en el barco, ya no estaban entre nosotras, y en cambio, alguien nuevo había subido. Era energía pura, contenida en un cuerpo y en una mente, sobre todo en una mente.
Como digo, las ocho fuimos emplazadas otra vez por el Capitán con la intención de enseñarnos a conocer los nuevos vientos. Recuerdo que para entonces ya era verano y el sol del medio día calentaba agradablemente nuestro cuerpo.
La cita con el Capitán siempre nos producía una especial excitación, por lo que tiene de sabio, por la serenidad que transmite, por los senderos que nos anima a recorrer... lo poquito que sabemos de él nos fascina. Está claro que sabe por donde pisa y por donde navega, que los rumbos que nos muestra ya los conoce él tanto como que ha ido y ha vuelto cientos de veces, eso nos da seguridad, condición todavía necesaria para seguir avanzando. El Capitán nos mira al corazón, no nos juzga en ningún momento y respeta con tremenda paciencia nuestros ritmos y nuestros tiempos. Tiene una mirada limpia y con ella sientes como traspasa todo, cualquier cosa, hasta que encuentra tu SER, es como quedarse desnuda sin sentir vergüenza ni pudor alguno, él ve lo que hay y te hace sentir que lo que ve es bello. Y conoce íntimamente a cada una de nosotras, conoce quién está buscando desesperadamente y sin reservas, conoce quien se sigue resistiendo porque no se atreve, conoce nuestros bloqueos y sus razones... pero también puede ser muy duro, puede ser realmente severo si considera que tiene que serlo aunque siempre desde el amor.
De cual es la estrategia del Capitán para hacernos caminar, no tengo ni idea, realmente no sé como lo hace, es un misterio para mi.
Recuerdo ir nerviosa a aquel encuentro, íbamos a descubrir a donde nos llevarían los vientos del sur cuando yo tenía la sensación de no haberme dejado llevar libremente por los del Este y eso me pasaría a cada cambio de vientos, la sensación de haber podido dar mucho más, de haber volado sí, pero con los arneses puestos. Para mi nunca era suficiente.
De nuevo decidí dejarme, decidí abrirme y quitarme algunos ropajes para que el sol del verano calentara mi corazón. Escuché atentamente las palabras de aquel sabio y seguí sus instrucciones.
Habló de nuevo de ciertos umbrales, de lo que nos podía acontecer en esta nueva aventura, de cómo podríamos encontrarnos con sensaciones fuertes de cansancio. Nos instó a superar ese aparente desfallecimiento (la mente se queja mucho antes de lo que el cuerpo puede soportar), a descubrir lo que hay detrás, a darnos cuenta de cómo nuestra mente y nuestros pensamientos nos bloquean rápidamente para no traspasar ciertos umbrales. Nuestra mente crea apariencias tan reales para nosotras que jamás intentamos traspasarlas, esas apariencias creadas por multitud de pensamientos esconden nuestros temores en última instancia. Con confianza ciega de nuevo dije sí a lo que me tuviese que encontrar, sabiendo que lo que apareciese sería mío, estaría dentro de mí.
Esta vez el Capitán me mostraba un caballo que sujetaba con sus manos y su orden fue dejarme llevar por él, yo lo monté sabiendo que él estaría cerca. Cuando el Capitán lo dejó libre comencé a cabalgar sin rumbo aparente, yo desde luego no sabía a donde iba, tampoco hoy sé muy bien a donde llegué pero desde luego disfruté del camino y allí donde llegara me encontré muy a gusto.
Al principio el trote fue agradable, la brisa despejaba mi rostro y hacía ondear mi cabello al viento. Me sentía bien. Observé el paisaje por el que pasaba y no había otra cosa que llanura y más llanura cubierta de ardiente y dorada arena y en el horizonte, allí donde los ojos alcanzan a ver, ese reflejo de calor abrasador que desprendía el terreno.
El caballo parecía no cansarse a pesar del tiempo que llevaba cabalgando; ahora observé mi cuerpo, montada a horcajadas sobre el lomo desnudo del caballo, su suavidad acariciaba mis muslos y el movimiento y las vibraciones que producía el potente galope en mi cuerpo me deleitaban. Empecé a sentir cansancio, agotamiento, debilidad pero el caballo no obedeció en ningún momento mi intención de descansar, tenía la respiración ya muy alterada y así, sin parar, el cansancio se transformó en dolor y al dolor le siguió una gran excitación. Tenía el cuerpo intensamente condolido pero la escena me parecía muy sensual, así que me aferré fuertemente a sus crines y le fustigué para que cabalgara más veloz. El caballo me entendió a la perfección y no tuvo compasión, yo tampoco la quería. La velocidad, el roce, el calor, el movimiento, el sudor... el estremecimiento que me recorrió fue muy intenso.
Me faltan palabras para describir lo que sucedió después, la pérdida de conciencia o mejor, un estado diferente de conciencia. El caballo desapareció, fue como absorbido, y yo, ahora tumbada, con el cuerpo quieto, inerte, totalmente relajado, abandonada, percibí como me alejaba sin esfuerzo del mundo conocido. No sé donde estuve ni por cuanto tiempo pero encontré la paz y la serenidad. Recuerdo que también dejé el cuerpo porque yo lo veía desde otro sitio y porque cuando llegó el momento de regresar necesité que alguien me tocara para reconocerme, para sentirme dentro y volver así a lo que conocemos como realidad.
Durante los meses que duraron los vientos del sur aprendimos lo que significa el encuentro con los demás seres, la fiesta, el gozo, el disfrute y el amor. Pero también nos dimos cuenta de que este sí a la vida, en definitiva, no era para nosotras tan difícil de ejercitar. Mi sí a la vida tenía ciertas condiciones, yo aún no me había dado cuenta pero llegaría mi momento. Una cosa clarísima que he aprendido es que si estás abierta tu momento llega irremediablemente, no te puedes escapar.
En el transcurso del verano mis compañeras de viaje y yo nos hicimos muchos regalos, los sentidos se abrieron para percibir, para disfrutar, para disfrutarse. Era el tiempo de agradecer, de celebrar, de sentir que la vida era fácil, que era un inmenso regalo. Desde el exterior se podía ver que sí, cuando el barco atracaba la gente nos notaba un brillo, una luz diferente, estábamos de fiesta, lo transmitíamos, lo contagiábamos. El sol nos calentaba y el corazón latía a una. Eso me llegué a creer yo, ilusa de mí. Caminaba ciega, una ciega que creía ver, estaba por aquel entonces muy lejos de saber que ni podía regalar, que ni sabía recibir, que no me permitía disfrutar, que de vivir nada de nada.
En la época en la que jugábamos a disfrutar, lejos yo, como digo, de saber lo que ahora sé, la Enmascarada, -una buena amiga de la que ya os he hablado, compañera ya de muchas aventuras y muchas confidencias, de muchas risas y de muchos llantos, de la que sé incondicional- el Capitán y yo, nos reunimos en la popa del barco. Los tres nos subimos a un reluciente bote rojo que nos alejó del navío. Era la hora del medio día, quizás las doce o la una, llevábamos ropa ligera y podíamos sentir como el ardiente sol calentaba nuestra piel. Desde donde paramos el bote se veía un paisaje de belleza absoluta, el agua tranquila sin nada de oleaje se dejaba, como nosotros calentar por el sol y agradecida hacía de espejo reflejando a su vez la inmensidad del cielo azul. El juego de imágenes reflejadas hacía difícil distinguir, una vez más, donde estaba la realidad. ¿No era real lo que veíamos? ¿Eran sólo reflejos de la luz jugando con las formas?. Para mí aquello fue muy real.
El Capitán nos propuso un baño, el clima acompañaba y el ánimo aparentemente también.
De esta manera el Capitán se despojó de toda su ropa dándonos a entender que nada tenía que esconder y se zambulló en la profundidad. El bote se quedó zozobrando igual que nosotras, que con más titubeos que seguridad nos desprendíamos de nuestros vestidos. Caímos en la cuenta de cuán solas estábamos en aquella inabarcable inmensidad y lo difícil que nos era vernos tal cual éramos, desnudas, sin tapujos. Así que con más ropa de la pretendida la Enmascarada se metió, no sin precauciones, en el agua cristalina y yo seguí sus pasos bastante tiempo después y mucho más comedida. De repente se apoderó de mí un miedo atroz, el agua ya no era transparente, se transmutó en un verde pardo con el fondo de un color sombrío que no avecinaba nada bueno y el sol despareció tras nubarrones oscuros; sin embargo, el Capitán y la Enmascarada nadaban apaciblemente, disfrutaban con todos sus sentidos, es como si no percibieran lo amenazante que se había tornado el agua. Se había vuelto espeso, te hundía, te atrapaba, te absorbía como si quisiera llevarte a sus entrañas para siempre. Yo nadaba en círculos sin alejarme del bote, más que nadar luchaba brutalmente porque no se sumergiera nada de mi cuerpo, si hubiese podido hubiese echado a volar, empeño no me faltó.
Cuando volvimos a subir al bote el paisaje se tornó de igual belleza que al principio, no podía entender qué había pasado, qué estaba pasando. ¿Por qué había luchado tanto? Y comencé a llorar mezcla de tristeza, miedo, agitación... "el fondo puede ser oscuro -me dijo el Capitán- pero no tenebroso".
Durante ese verano intenté volver a sumergirme en aquel mar y aunque lo hice, no deje de ver cosas que no me gustaron. Sufrí terriblemente con aquellos baños, ver aquellos monstruos donde los demás disfrutaban apaciblemente me ocasionaron días de mucha angustia, una angustia que transmitía a mis seres más cercanos produciendo a mi alrededor un fuerte desasosiego que no sabía controlar, que se escapaba a mi manejo. Pero qué podía hacer, para mí los monstruos estaban allí. En esos días tomé la decisión de fingir que no los veía con la esperanza puesta en que así desaparecerían o se cansarían de asustarme.
Entre tanto, aquel verano también sucedían cosas maravillosas y sentí algo que yo nunca había experimentado hasta entonces. Sentí como formaba parte de la Creación, sentí que tenía mi sitio en la Vida, sentí que latía al son de lo creado, sentí que el Creador me había tocado con sus manos y había puesto parte de Él en mí, yo era parte de la Creación, yo era amor, amor divino y en mi estaba la fuerza. Durante unos días sentí la inmensidad de lo que soy. Tiempo después me confirmaría el Capitán: "Nos pasamos la vida buscando a Dios sin darnos cuenta de que nunca hemos salido de Él".

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El Oeste

"Sólo disfruta de paz quien es digna de ella"


El día llegó a su ocaso, el sol estaba declinando y los anaranjados haces de luz se despedían de nosotras. Comenzó a soplar un suave viento del Oeste y con él, el Capitán hizo una nueva aparición anunciando una nueva consigna: ..."revisar nuestras creencias e ideas para tratar de cambiar el mapa que hasta hoy nos limitaba; explorar las costumbres heredades y atrevernos a cambiarlas si de verdad ya no nos sirven. Desprendámonos de lo viejo para que más adelante puedan salir los nuevos brotes".
Algo me hizo sentir que estaba en el camino, yo andaba días percibiendo con más y más certeza que estaba recorriendo el territorio con un mapa que ya no me servía, estaba obsoleto, era parcial y desde luego sólo respondía a una ínfima parte de la realidad. Me descubrí transitando por la vida apoyada en un mapa que establece que el que desobedece la paga y que el precio es la muerte, sólo vivía intentando portarme bien, caminando de puntillas, obedeciendo las normas impuestas, aceptando el orden preestablecido... Ahora yo necesitaba otro atlas, un atlas donde apareciera toda la topografía del lugar para poder atreverme a lo nuevo de vez en cuando, para encontrar comarcas mayores y mejores. Pensé que quién traspasa una regla determinada siempre llegará más lejos que le que nunca se planteó la posibilidad de hacer algo diferente, algo nuevo, algo no del todo avalado por la sociedad que lo antecede. Quería arriesgarme a transitar los caminos nuevos porque tienen más posibilidades de aportar nuevas respuestas y experiencias diferentes.
En el otoño, que era el que en definitiva traía los vientos del oeste, era tiempo de dejar caer las hojas antiguas para dejar hueco a los nuevos tallos. En efecto, así lo descubríamos en la naturaleza , las hojas en los árboles amarilleaban preparándose para el sueño invernal.
Para la tripulación llegó el momento de recogerse, de revisar lo antiguo y de prepararse para la renovación desgajándose de lo que sobra o estorba.
Los vientos del oeste fueron muy intensos para todas; en aquella aventura descubrimos el poder y el hechizo de un círculo mágico, el circulo que formábamos juntas cada una de nosotras. Recuerdo que subieron al barco dos nuevos tripulantes, esta vez eran hombres. Era la primera vez que viajábamos con hombres si exceptuamos al Capitán. Fue un buen momento el del oeste por aquello de desarrollar la capacidad de aceptar los cambios. En un primer momento la situación no dejó de ser extraña, pero tal extrañeza se tornó normalidad apenas se hubieron presentado como buscadores.
Me inicié en los vientos del oeste de las manos, nunca mejor dicho, de mi enigmática amiga. Así la voy a llamar porque suele estar rodeada de misterio, de ambigüedad, de no dejarse ver del todo, es escurridiza y muy hábil desapareciendo. Pues con ella, como digo, antes de aventurarme a lo que me deparaban aquellos vientos, descubrí la fortaleza de mi estructura, la Enigmática me mostró con sus caricias que era lo que me sostenía, fui consciente de mi interior físico, de cómo estaban engranados cada uno de los huesos de mi cuerpo y eso me llenó de poder. Sin sus manos no hubiera podido, gracias amiga.
El viento del oeste se apoderó de nosotras y nos hizo permanecer en círculo mucho tiempo, un círculo casi sagrado imposible de romper hasta que cada una supiese lo que tenía que saber. Y así el viento empezó a asumir distintas formas y se presentó a cada una de nosotras mostrándonos nuestras cuentas pendientes, para cada una el viento tomó una forma fantasmagórica concreta que se nos manifestó durante muchos días con la intención de que cayéramos en la cuenta. Rebobinamos la película de nuestras vidas y todas sentimos con absoluta claridad que nos estaba sobrando, de que nos teníamos que desprender ya sin más dilación. Estos descubrimientos estuvieron cargados de emociones muy intensas, no era fácil reconocer ciertas cosas aunque las tuviésemos a su vez tan tan claras. Angustia, deseos de huir, llanto, rabia, miedos aterradores...pero la forma que para cada una tomó el viento no nos dejaría en paz, envolviéndonos hasta que fuésemos capaces de asumir lo presas que estábamos.
Eso que andamos buscando desde que nacemos, ese anhelo de forjar a toda costa una identidad bien definida, aquello de lo que algunas nos vanagloriábamos: soy psicóloga, trabajo en tal, soy madre, soy esposa... se había y se ha convertido en nuestra prisión, y cuanta más seguridad nos daban aquellas respuestas, cuanto más nos creíamos que nos protegían aquellas premisas... más miedo nos daba descubrir que realmente no éramos aquello y que por tanto no teníamos ni idea de lo que éramos. ¡¿cómo íbamos a asumir que nuestra identidad, lo que conocíamos como nuestro yo, después de tantos años para construirlo, era nuestra cárcel?!
Pues así era, el lastre de cada una de nosotras y casi podría asegurar el mismo para todas, era lo estático de nuestra persona, las rigideces de nuestras conductas, ser siempre las mismas y responder siempre de las mismas maneras. Y con los vientos del oeste, aunque no fue fácil, descubrimos tener un yo amaestrado, amaestradas en decir sí, amaestradas en creer todo lo dado, amaestradas en tragar sin digerir, amaestradas en bajar la cabeza, amaestradas en aceptar pase lo que pase. AMAESTRADAS EN RESPONDER A LAS EXPECTATIVAS DE LOS DEMÁS.
Darse cuenta de esto implicaba mucha responsabilidad, entre otras enfrentar el miedo, y para que voy a decir otra cosa, a mí me aterrorizó vislumbrar siquiera el umbral que debía traspasar. Sin embargo el viento del oeste con su forma concreta seguía envolviéndome y comprendes que ya no hay orden que le haga desaparecer y sigues descubriendo, asumiendo y cogiendo lo que te toca coger porque acabas de entender que tus sí no son verdaderos, no son profundos, porque si nunca pronuncias un no el sí siempre será superficial. Y seguirás diciendo sí porque es lo que se espera que digas.
Y llegó mi momento en el círculo, y vi como la forma transparente del viento se acercaba a mí y sentí pavor, sentí que me había descubierto y quise escapar, pero de nuevo sin poder huir me miró a los ojos y me habló:

- Deja de luchar en dirección contraria, tu camino está por aquí y lo sabes. Vives para los demás porque te sientes realizada si los otros están contentos contigo. Asume de una vez que continuamente haces concesiones y vendes tu alma para fortalecer tu ego y ser aceptada, pero en ese momento todo se derrumba y aparece el dolor inmenso por haberte traicionado una vez y otra vez y otra... ¿hasta cuando? ¿cuándo vas a ser tu?
En aquel instante entendí, comprendí que eran aquellos monstruos que me aparecieron en los baños del verano, ahora todo tenía sentido. Aquellas bestias eran mis formas de ser o de actuar que no me gustaban, que me tenían presa.

- No te librarás nunca de nosotros -me gritaban-

Y mientras estos seres abominables tiraban de mi y me asían con fuerza el viento del otoño me llevó consigo a hacer un viaje. Aquello fue estremecedor para mi. En el páramo donde llegamos vi a un niño pequeño, un niño precioso de cuatro años y en su pequeñez le acosaban los mismos monstruos que a mi, estaba triste, desorientado y sobre todo sentía mucha rabia. Cuando notó mi presencia se giró para mirarme y con una expresión tierna y dulce me dijo:

- Ayúdame mamá, yo no sé como deshacerme de esto.

Cuando regresé al barco estaba muy perturbada por la visión que me había mostrado el viento, ¿qué estaba haciendo?. Al ignorar a los monstruos no estaba consiguiendo que se olvidaran de mi, al contrario, estaban atrapando también a mis seres queridos; aquello precisaba un cambio ¿pero iba a ser capaz de afrontarlo?
Dominada por aquel sentimiento de desazón apareció el Capitán y nos volvió a reunir para contarnos a donde nos llevaba el viento del oeste con gran rapidez, casi ya no daba tiempo a más explicaciones así que sólo nos dijo que las brumas a las que se encaminaba el barco eran de muerte.
Esa noticia me sacó de golpe de mi estado de pesadumbre ¡¿cómo que de muerte?!¡¿qué quería decir?!
Pero el Capitán dijo poco más, nos repartió una manta a cada una y desapareció.
Las brumas ya las teníamos encima, eran muy espesas y se pegaban obstinadamente al cuerpo envolviéndote como si no hubiese nada más. Ya no veía a mis compañeras, estaba oscuro y sentí frío, mucho frío... me ceñí la manta que me había ofrecido el Capitán y en aquel instante regresé a mi casa, la que había dejado atrás hacía ya mucho tiempo o por lo menos esa era mi sensación.
¡Pero qué pasa! Aquello era muy extraño, estaba en casa pero nadie me percibía, ni me veían, ni me oían,... yo les veía desde arriba, a mis hijos, a mi marido, como sobre volando sus cabezas y no podía bajar a abrazarlos. Aquello era asfixiante, no lo podía soportar, era como si me faltar el aire así que decidí "volar" fuera de casa para encontrar alguna explicación. Volé a casa de mis padres y los vi y ellos no me vieron, volé sobre mi lugar de trabajo y vi a mis compañeras trabajando, riendo, compartiendo desayunos... vi mi silla vacía y sentí que me gustó haber estado allí disfrutando y entregando lo mejor de mi aquellos años y no me importaba demasiado no poder estar ahora, y me dije:

- Fue muy bonito mientras duró y al final me conocieron -me sentía muy bien mirando aquella escena-

Volví a casa de mis padres sobrevolando el pueblo y recordé algunos de los pasajes de mi vida que ocurrieron por aquellas calles, aquellos callejones, aquella alameda y fue muy agradable y me sentí muy agradecida a la vida por haberme dado aquellos regalos. En casa de papá y mamá sentí mucha ternura y un ápice de tristeza o melancolía por no haberles dicho más a menudo cuanto los quería y haberles dado las gracias por tantas cosas y percibí un amor incondicional.
Regresé a mi casa y conforme me acercaba una fuerte sensación de angustia me atrapaba. Era de noche y cada uno estaba acostado en su cama, yo los veía a los tres desde la altura en el pasillo de casa. Vi a mi gran amor como dormía sin mi y vi a aquellos dos retoños, de nuevo la sensación de ahogo por no poder estar allí, estar de verdad.
Observé toda la noche y vi la dedicación de Antonio, cómo se levantaba de madrugada para atender las demandas de nuestros hijos.

- ¡Qué angustia! -quería estar allí, en mi casa a toda costa.

- Por favor -gritaba- Este no es mi momento, por favor. Me queda mucho que hacer con ellos ¡Socorro!

Lloraba amargamente, con angustia, con asfixia. Pero seguí allí y al amanecer vi como despertaban, desayunaban juntos, reían, jugaban en la alfombra del salón ¿y yo? Necesité estar ahí, me esforcé pero no había forma, estaba muerta y ya no podía hacer nada. La pena me ahogaba, no era posible, aquello no podía estar pasando. Me dieron nauseas, lloraba, gritaba...
- Por favor -repetía una y otra vez- que esto no dure más. ¡Por favor -grité- ya lo entiendo!

En ese momento el barco salió de las brumas y yo regresaba a la cubierta del barco, tomé aire fresco y respiré todavía sofocada y muy trastornada. Recuerdo aquellas dunas como una de las experiencias más fuertes y más reveladoras de mi vida.
Yo no tuve necesidad de estar porque hiciera falta, no, todo el mundo estaba bien sin mi y eso en cierto modo me alegraba, pero sin embargo no podía soportar no poder dar nada más de mi, sentía que me quedaba tanto por entregar, sentía que no lo había dado todo y que había pasado de puntillas en muchas ocasiones.
El Capitán se acercó a mi y me dijo algo así como que el miedo a la muerte no era otra cosa que el miedo y la pena de no haber vivido, de no haber sabido vivir de verdad.
Sobre todo te vienen a la mente los deseos sin realizar, las cosas que dejaste por hacer. La reflexión sobre la muerte irremediablemente te devuelve al presente, a un presente consciente.
Después de aquello tomé algunas decisiones importantes en mi vida, ya no postergaría más deshacerme de algunos de mis monstruos conocidos, sabía muy bien como hacerlo así que tomada la decisión ya no hubo incertidumbre ni marcha atrás.
De nuevo, como con los vientos del este, descubrí el poder de poner la intención, la firme intención provocó que las cosas se relajaran bastante a mi alrededor; el monstruo debió sospechar que iba a por él sin ningún género de dudas porque se estuvo escabullendo y en unas semanas no tuve donde encontrarlo, hasta que llegó al día que lo localicé y sin más preámbulo me planté ante él, no hubo siquiera que atravesarle la lanza que había preparado ya que ante el desafío aquella bestia desapareció. Hay, hoy día bastantes más monstruos a los que encarar, pero en aquel momento ese me pareció el más importante ya que liberé a aquel niño, que me mostró el viento, de su tensión no merecida, ya que era la mía.
Me sentí muy bien por ello y llegó así un tiempo de paz, de quietud, de serenidad... de cierta claridad y lo agradecí muchísimo después de tanto recorrido.
Disfruté del descanso por un tiempo pero pronto empecé a pensar que el haberme librado de aquel pequeño monstruo no significaba nada, no era suficiente, yo seguía con mis mismos modos de hacer y muchas veces no me gustaban, en demasiadas ocasiones no me gustaban aunque gustasen a mi alrededor, el eterno dilema. Empezaba a inundarme la rabia cuando me dio en la cara un viento frío del norte.


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El Norte

"Siente lo que percibas, y si piensas, siente lo que piensas"


Esa mañana subimos todas muy abrigadas a la cubierta del barco, el frío cortaba la piel, el invierno se nos había echado encima. Aunque no nos sorprendió ya que nunca fuimos tan conscientes de los cambios de estación y de vientos como desde que embarcamos en esta ruta.
Encontramos al Capitán en el puente del barco, se alegró de volvernos a ver después de lo acontecido en el otoño y nos invitó a compartir alguna emoción, algún estado de ánimo, a compartir los lastres dejados... lo que podía parecer una inocente toma de contacto con el viento del norte se tornó en intensa emoción desde el primer momento en que empezamos a hablar. Todas habíamos pasado a conciencia por aquel otoño pero se hizo evidente que no nos deparó una paz profunda.
Cuando decidí compartir conté que había vivido situaciones intensas en las que cuando moví mi energía se removieron las personas muy próximas a mi, conté que había vivido y sentido esa magia.
Después confesé que en esos momentos estaba muy enfadada conmigo misma. Que estaba harta de ser como era, harta de traicionarme una y otra vez, conté que me gustaría cambiar tantas cosas y confesé que estaba insatisfecha conmigo misma.
Les dije a todas que me revelaba y me castigaba porque ahora era consciente de todas las oportunidades que me brindaba la vida para deshacer cosas pendientes y que a pesar de todo lo que me mostró el viento del oeste, las seguía desperdiciando. ¡Estaba totalmente cabreada conmigo misma, muy cabreada!
Tras mis palabras se hizo un silencio y desde ahí con gran serenidad y lleno de amor, como el que ha visto, me dijo el Capitán:

- ¿Por qué no te quieres?

A mi me sorprendió mucho aquella pregunta.

- Si que me quiero -dije yo- pero es que hay cosas... hay cosas que ya no soporto más.

El Capitán lo tenía claro, era evidente mi falta de amor por mi mi misma. No tardé mucho, creo, en entender aquello, en caer en la cuenta.

- ¡Quiérete! -me dijo de nuevo-
- Así no -dije yo- así no.

Lo había dicho, lo estaba diciendo y no me estaba dando cuenta.

- ¡Ámate sin condiciones! -volvió a decir-

Cuando entendí que me estaba amando con condicionas me desmoroné. Cuando comprendí que solo me quería si... lloré, lloré amargamente. ¿Cómo iba a querer la los míos si no era capaz de hacerlo conmigo misma?. Yo que entiendo del amor incondicional no lo practicaba con mi persona.
No salía de mi asombro, sentí que estaba lejísimos de descubrir aquello por mi misma. No tenía ni idea, es más yo estaba segura de que me aceptaba como era y de que me perdonaba, pero ahora estaba afirmando lo contrario. Aquello fue como colocar la última pieza de un puzzle, ya sabía el porque de mi rabia.
El Capitán se acercó a mi y me abrazó, me abrazó cálidamente mientras yo lloraba y le susurraba entre sollozos al Capitán que no lo sabía, que yo no sabía que era eso.
Este breve episodio con el Capitán fueron como una visión clarificadora para mi. Comprendí que no solo no aceptaba mis fallos y mis errores con paz sino que tampoco aceptaba ante mi mis diferencias, que era diferente a los demás, como cada uno es diferente y único, ni las aceptaba ni, por tanto las mostraba,. Podría ser por miedo a asumir las responsabilidades que reconocerlo conlleva, que sinceramente no lo creía o por miedo a ser excluida del grupo al que pertenezco o quiero pertenecer. Ese era mi caso, sin duda,. Haced cualquier cosa por mantenerme dentro de lo establecido (de lo que yo creo, porque los demás esperan, que es lo establecido, claro), por ser aceptada por mi entorno.
Ahora lo sabía ¿y qué más? ¿qué tenía que hacer ahora? Me sentí como en el borde de un precipicio, ahora no tenía donde echar el otro pie.
Una vez más confirmé que el Capitán era un gran maestro. Entendí que él estaba en la cima y desde esa situación podía vernos subir, descubriendo, recorriendo y trazando cada una su propia ruta, y él estaba arriba observando y en ocasiones, como yo sentí que lo hizo conmigo, podía mostrar un atajo o avisar de un abismo. Nunca escucharíamos decir al Capitán "este es el único camino", ya que desde arriba, por donde él ya camina, siempre se pueden ver la multitud de caminos por los que se puede llegar, la gran mayoría sin explorar, gracias Jesús.
Ahora quería quererme a toda costa pero no sabía que hacer. Me quiero, me quiero, me perdono, me decía interiormente.
En esos momentos apareció delante de nosotras una sólida montaña, la llamaban "la Montaña Blanca de Horus". Atracado el barco, el Capitán nos reunió una vez más para describirnos lo que nos depararían los vientos del norte. El norte traía fortaleza, orden, austeridad y soledad. Se acercaba el momento de disfrutar de lo más íntimo de nosotras mismas.

¿Qué es lo más íntimo? -pensé yo- si aún no me conocía.

Tiempo, dijo el Capitán, de pacificar los conflictos, aceptando que todo en nosotras tiene su lugar y su función. Aprender a aceptarnos, cuidarnos, conocernos y usarnos de la mejor manera. Encontrar el SER.
Era noche cerrada, la oscuridad lo cubría todo y el Capitán nos indicó que desembarcáramos. No nos estuvo permitido tomar nada del barco para el camino, salvo algo de abrigo. La idea era prescindir de lo innecesario y no dar alas a los deseos.
De esta guisa, pues, llegamos juntas a la falda de la Montaña blanca de Horus. Allí nos indicó el Capitán que al amanecer deberíamos vernos en al cima.

- Hay unas breves consignas para subir -nos dijo-. Limpia tu mente de pensamientos, de juicios, de cualquier creencia que te impida una percepción clara de la realidad y recordad que es desde el silencio interior de donde se alcanza la realidad. No te engañes, ni engañes a los demás. Aprecia el valor de las cosas y acepta lo que te depare el camino sin huir de lo desagradable. Disfruta del silencio, que se adueñe de ti. Muchos podrán darnos pistas acerca del camino pero nadie podría ofrecernos fotografías ni rutas selladas; porque cada una de vosotras -dijo- es única y tendrá que pasar por experiencias únicas. Experiencias que tal vez nadie ha tenido nunca y que quizás nadie vaya a tener jamás.

Desde allí invocamos a los vientos del norte para que nos inundara la fortaleza, la voluntad.
Me emocionaba la idea y aunque me sentía valiente también tenía cierto temor a que al amanecer yo no hubiera alcanzado la cima. Pero como siempre, estaba dispuesta y al fin y al cabo eso era importante ¿no?
Sonreí a mis compañeras en signo de despedida y de ánimo y comencé mi escalada.
Tras los primeros pasos ya no vi rastro de mis compañeras y me encontré sola en la noche al comienzo de un camino serpenteante que nunca había recorrido y que no sabía donde me llevaría. Los primeros metros recorridos me llevaron a una gruta apenas iluminada por una tenue luz que no supe de donde venía, era la Gruta de los Espejos. La gruta se encargó de recordarme lo que el Capitán me había ayudado a descubrir en la mañana, que no me quería. Tenía mucho miedo al principio y me hubiese gustado destrozar los espejos y salir corriendo por donde había entrado. Era más fácil eso y olvidarse de la fealdad que aceptar que era como los espejos reflejaban. Las imágenes que me devolvían los espejos daban miedo, mucho miedo, si no hubiese sabido con certeza que era yo misma no hubiese seguido mirando. Eran rostros deformados, feos, con un fondo de profunda tristeza. Mirara donde mirara había mujeres tristes, mujeres que habían sufrido mucho, mujeres perseguidas, mujeres torturadas, mujeres que no habían sido amadas en mucho tiempo, que ya no recordaban una mirada amable, una sonrisa, una caricia. Y todas me miraban a mí, todas a la vez me gritaban que las perdonase.

- No nos sigas tratando así, somos tú, danos tu amor, danos tu perdón.

Aquellas visiones me perturbaron muchísimo, me reconocía a mí claramente, como en diferentes épocas y siempre triste, siempre suplicando perdón y un poco, siquiera un poco de cariño.
Cuando salí de la gruta estaba perpleja ¿cómo había podido tratarme a mí misma así? Ningún ser merecía ser tratado así. Sentí mucha pena por ellas, sentí mucha pena por mí. No quería volver a ver así a aquellas mujeres, tenía que aliviarla como fuera. Pero ahora tenía que seguir subiendo, esa era la indicación.
Empecé a caminar apesadumbrada por lo que acababa de ver. ¿Quién era yo? Necesitaba encontrarme… La montaña empezó a ponerse difícil para mí, la subida era muy empinada y me estaba faltando el aliento. Esta primera etapa de subida no estaba siendo como esperaba, mis expectativas eran casi de echar a correr y subir livianamente, así sin apenas problemas. Sin embargo, lo que estaba apareciendo era una toma de conciencia de mi propia sombra.
Llegados a este punto del camino la noche se hizo más oscura, el sendero se angosta y pierdo la visión clara de la ruta, así que comenzaba a pesarme la idea de no poder alcanzar la cima al amanecer. Y comencé a tener pensamientos del tipo "no lo vas a lograr, como siempre, tú muy lanzada y luego te quedas a la mitad, te rindes, tiras la toalla y no cruzas el umbral…"
Desde luego, la subida estaba pudiendo conmigo, las piernas apenas me respondían, sin embargo, mi cabeza, mi alma…gritaban que podía hacerlo, qué podía subir como la que más. Pero me sentía atrapada en mi cuerpo. Una sensación de que el cuerpo no quería subir, que tenía que tirar de él pero que no podía. De repente, en el camino aparece nieve, sentí que Alguien me ayudaba en aquel momento, me agaché y tomé la nieve blanca y fría con mis manos y me la puse en el rostro, me refresqué, incluso comí nieve. Eso me alivió muchísimo, fue un gran regalo y lo agradecí enormemente.
Nos habían contado que Horus era el guardián del norte y por tanto de la montaña, pensé entonces que quizás fue él quien puso la nieve en mi camino.
Eso me dio un ratito más de ánimo pero yo no estaba en mis mejores condiciones, tendría que descansar. Vi allí mismo la entrada a una cueva, me acerqué y decidí descansar en aquel lugar un poco. Nada más reclinarme sobre una de las rocas comencé a tener un extraño ensoñamiento, comenzó a sacudirme un gélido viento del norte y, de nuevo, como ya me sucedió en el otoño, me vi en casa con los míos, bueno, con todos no, tenía a mis hijos pero faltaba en casa mi pareja. Viví entonces un episodio extremadamente revelador.

"Llevas tres días sin dormir, no entiendes por qué. La cama, tópicamente se ha quedado grande para ti sola, ahora nadie te da un abrazo cálido, tienes frío y no duermes nada bien.
El fin de semana ha ido mejor de lo que esperabas, has sido muy astuta y te has rodeado de gente, gente que te quiere, tanta gente que no has podido cumplir con todas las solicitudes, te has sentido arropada, tus hijos, tus padres, tu hermana, tus amigas... todos te quieren ¡qué suerte!
Pero yo estoy aquí, soy tu norte, tu viento del norte y en algún momento te tendrás que ver conmigo.
Has pensado que el fin de semana podía ser lo peor y lo has pasado, has pensado que la semana sería mucho más llevadera con tantas cosas que hacer, el trabajo, la recogida de los niños, la casa ... así te ocupas del exterior y no de ti misma ¿verdad?
Así lo consigues, pero ahora he podido colarme y estoy acariciando tu cuerpo, ya sé que estoy frío, soy del norte, pero tengo cosas que decirte y en este lunes, en este corto ratito me vas a escuchar.
Has entrado a tu casa, a tu hogar, son las tres y media y estás sola. Los niños, que bien sabes que te adoran no salen del cole hasta las cinco de la tarde. Antonio, que sabes que te idolatra, porque lo sabes y lo sientes cada uno de los días que ha pasado contigo y que no son pocos, ya 17 años, tampoco está. Deseas con toda tu alma que allí, en su desierto esté encontrando su tesoro y lloras... por fin te caen las primeras lágrimas. Podrías decir que lo echas de menos ¡y tanto! Pero yo te voy a decir por qué: Él te da lo que tu no te das. Él te quiere incondicionalmente porque sabe quien eres. ¿Quién te va a querer ahora en esta tu soledad? ¿Quién te va a desear? Ahora no tienes quien te confirme, lo estás sintiendo, ahora nadie te refuerza ¿dónde estás? ¿quién eres cuando no hay nadie a tu lado?
Te lo vuelvo a decir, has sido muy lista o has tenido suerte por la gente que te rodea, claro que te la mereces pero no eres feliz porque la felicidad no te la dan los demás, que por otro lado se deshacen por hacerte feliz. La felicidad se encuentra dentro de ti pese a lo que pase a tu alrededor.
Lloras porque te has dado cuenta de que ahora, en este preciso momento no hay nadie que te quiera. Miras tu salón vacío y ves con el corazón todo lo que ha pasado allí, y ¿dónde estabas tu?, dando trocitos de ti, sólo trocitos. Ahora sola, ¡SOLA!, tienes pavor porque no está Antonio, que se pasa los días, los segundos, deseándote y tu lo sabes, y eso te llena y has vivido creyendo que eso era suficiente y te cuesta tanto darle, entregarle una caricia, una pasión, porque crees que sólo tienes migajas que ofrecer, sientes que le pagas su cariño porque no te das de verdad, porque no puedes, porque no te tienes, porque no te has encontrado.
Y ya te digo, es un regalo tener los seres que tu tienes junto a ti, y por ti y por ellos, hasta que no te llenes, hasta que no te encuentres de una vez por todas no te vas a poder entregar realmente. Lo que das ahora y que tanto agradecen tus próximos son solo las migas de todo lo que verdaderamente puedes ofrecer: TU.
¡QUIÉRETE DE UNA VEZ Mª JOSÉ, ÁMATE, PORQUE LO QUE ERES ES TAN BELLO...! Sólo así podrás querer de verdad. Tú te lo mereces, Antonio se lo merece, tu hijo se lo merece, tu hija se lo merece, tus padres se lo merecen, tus amigas se lo merecen... ¡Haz lo que sea por encontrarte para poder entregarte!
No sé si tendremos ocasión de rozar nuestras almas tan salvajemente como hoy, desde el norte te deseo lo mejor....¡búscate!"

Y en esos momentos me desperté ¡qué estaba pasando! Al abrir los ojos no había ninguna cueva, hacia atrás estaba el sendero que había recorrido y hacia delante, ¡DIOS!, hacia delante no había nada, sólo un inmenso abismo, sólo el vacío. Estaba aterrorizada ¿qué hacía yo allí? Había subido por un sendero equivocado, ya no llegaría a la cima, ya estaba todo perdido y desgarrada por la rabia, la rabia contra la montaña que me lo había puesto tan difícil, la rabia contra mi por haberme equivocado otra vez... di un desmedido grito de dolor que resonó por todo el lugar y lloré con auténtica desesperanza por haber fracasado. Cuando dejó de sonar tan amargo grito sucedió algo sorprendente, en el abismo se abrió un sendero ascendente que me llevaba hasta la cima.
Sentí renovadas energías, percibí de nuevo el fluir relajado de mi respiración. El Ojo de Horus me había visto y me había dado su permiso.
Aún quedaba subida por delante pero yo nunca me había visto tan fuerte, sentía la fuerza de la montaña bajo mis pies que me impulsaba casi sin esfuerzo a dar el paso siguiente. Ahora me caían lágrimas, lágrimas de agradecimiento. Sentía el alma libre, desnuda, desasida de todos los lastres. Abrigué la esperanza de poder llegar a tiempo sin embargo comprendí que el camino era tan importante como la meta, sin el camino recorrido la cima no tenía sentido.
En esos pensamientos me abarcaban cuando volví a sentir el escalofrío del miedo. Empezaba a clarear el día y yo prácticamente ya estaba pisando la cima, pero la cima era una enorme explanada. Mis pies caminaban como sin mi permiso, tenía miedo pero no podía parar porque tenía una necesidad angustiosa de recorrerla para asomarme al otro lado. Sabía que al otro lado me encontraría conmigo misma, con lo que realmente era yo. No obstante el terror se había apoderado de mí porque la explanada parecía no tener fin, a cada paso que daba más se extendía ante mis ojos y sentí que nunca llegaría al otro lado; después empecé a llorar de puro pánico, ahora veía el final sin embargo, no podía atisbar lo que había detrás. Poco a poco comencé a vislumbrar un desangelado y árido desierto y sentí que iba a corroborar lo que siempre sospeché, que no era nada, que estaba seca, que estaba vacía.
Aterrorizada, justo en el último paso, al filo de la cumbre emergió un paisaje de belleza sin igual, un espléndido oasis en aquel desierto. Caí de rodillas totalmente emocionada y entendí que así era yo. Que a pesar de lo mal que me pudiese encontrar en algunas ocasiones, que hiciese lo que hiciese esa belleza siempre estuvo ahí y siempre estará.
Además sentí que esa belleza no era solo mía; en la cima encontré a mis compañeras de viaje, cada una había realizado su particular subida a la montaña, las miré con emoción, esa belleza la poseían ellas también, la poseían todas la personas.
Solo es cuestión de explorar nuestro propio ser. Al principio es duro y frustrante, lo que encuentras es siempre desagradable y maloliente; pero confiando y perseverando, al final aparece siempre lo mejor de ti, el más puro y trasparente "tú" que existe.

Me siento orgullosa del camino recorrido, aunque sé que me queda mucho por recorrer, también creo que el camino se agranda a medida que lo voy recorriendo así que soy consciente de que hay muchas cosas que nunca llegaré a hacer y otras que jamás llegaré a conocer. Sin embargo he aprendido a disfrutar de lo que descubro y tengo hoy, sin necesitarlo mañana, porque mañana también disfrutaré de lo que haya sin echar de menos lo de ayer.


El Centro

"La oposición está lejos del centro de la Unidad"


Es tiempo de volver a CASA, -nos dijo el capitán en esta ocasión-, de encontrar lo que siempre estuvo quieto e inmóvil mientras nos dejábamos llevar por los cuatro vientos; EL HOGAR, el eje de la rueda, el corazón.

En realidad, cualquier viento había sido una puerta para llegar a ese eje, a ese centro de una misma. La puerta en el Este fue el nacimiento, la fascinación por descubrir, el sentirlo todo como nuevo. La puerta en el Sur fue la del SER. La celebración, el amor, el corazón se abre en amorosa confianza y lo abarca todo. En el Oeste pudimos usar la muere como puerta, la contemplación, el descanso y la serenidad tras haber soltado lastres. Yo llegué a casa a través de los vientos del Norte, en mi subida a la Montaña Blanca de Horus. Despojándome de todo, sin aferrarme, vacía, atreviéndome a soltar y así caer en el fondo de mi misma y reencontrarme, reconocerme.

Hay infinidad de maneras de llegar a la esencia, al SER que eres. No es necesario aprender o adquirir sino al contrario, todos lo llevamos puesto, está en nosotros y es cuestión de soltar, de quitar lo que sobra, lo que no nos deja ver, lo que no es.

Vivir en el presente es otra manera de encontrar el centro. Que tu pensamiento no rebase el tiempo presente, he aquí la puerta a tu esencia, a lo que Eres. El poder del ahora te conecta con el sitio. Quizás nos parece tan obvio, tan de todos los días eso de vivir en el presente, pero si realmente nos paramos y miramos ¿no pasamos el tiempo pensando en lo que vamos o tenemos que hacer después? ¿o echando de menos a algo o a alguien? ¿o sufriendo por algo que aún no ha pasado sin tener siquiera la certeza de que vaya a pasar? En fin, que en muy pocos momentos nos permitimos estar, entregarnos sin más a lo que hay, sin echar de menos nada, disfrutando de lo que hay aquí y ahora.

Encontrarte con quien ERES es un regalo y vivir lo que te toca, sea agradable o desagradable, desde ese lugar, el mejor lugar que tenemos, es la clave de la felicidad.
Cuando te conectas con tu SER te conectas a su vez con los demas seres, con la Vida, con la Totalidad, con Dios, entiendes que eres parte esencial del universo y que siempre lo has sido aunque lo hubieses olvidado, que lo que sucede en ti sucede en el universo y lo que sucede en el universo sucede en ti.

No tienes nada que defender porque no eres ni tienes nada y por ello lo puedes abarcar todo: lo bueno, lo desagradable, lo que entiendes desde la cabeza y lo que no, lo tuyo y lo de los demás, sea lo que sea porque desde el SER no hay nada que juzgar, nada.

Estás tan ligera… que sabes que todo cabe, que todo es posible. Es la libertad en toda su expresión, vives desde el corazón y así es cuando te oyes, escuchas lo que verdaderamente desea tu alma, sin prejuicios, sin miedos porque realmente confías en la existencia.

Y bueno, esa es mi experiencia desde el SER, en el que solo permanezco cuando soy capaz de soltar las inercias, los líos, las luchas internas, los reproches… que tienen todos los personajes que viven en mi, que no son y que he usado o me han usado a lo largo de todas mis vueltas al sol.

El capitán nos pide un propósito para acabar esta ruta.
Yo no puedo proponerme otra cosa: "Permanecer en el SER todo el tiempo, que pueda mantener la visión; por mi, porque siento que es un descanso poder mostrarme tal cual soy y por los demás, porque es desde Dara desde donde puedo comprender y abarcar sin juicio cualquier cosa. Quiero descubrir por mi misma la ética natural que mi corazón conoce, no quiero más ataduras que las que mi corazón me dicte, no quiero sentirme atada, no quiero creencias que me lastren, creencias que me hagan no ser yo ¡quiero volar, quiero que todo sea posible!"


Nos vemos o no en otro viaje,
Dara