Crónicas del Explorador

 

CRÓNICA DEL ENCUENTRO DEL BARCO DEL PUENTE DE DICIEMBRE (3-8, 2005). Ecotopia.

 

Todo empezó hace mucho tiempo atrás. Aún hay algunos que invocan ese recuerdo de otros tiempos y nos cuentan historias inverosímiles de lo que hacían. Nos hablan de expediciones a lugares míticos, de dragones en cuevas, de fogatas donde se quemó todo o casi todo.
A nuestros oídos han llegado historias de todo tipo, contadas por diferentes seres que estuvieron allí, y que estando en la misma escuela, nunca parece la misma.
Nosotros hemos tenido ocasión de conceder el tiempo y los oídos para que fueran contadas, y no hace mucho comenzó nuestra propia historia, nuestra expedición, nuestro fuego.
El capitán dice que hace tiempo que "no había barco", aunque también siempre estaba ahí. Nos contó del Halcón Negro, o de otros, cada uno con su halo y con su propio contrato de embarque.
A medida que avanza nuestro recorrido, cada vez son más los tripulantes antiguos que se allegan a nuestro encuentro y nos trasmiten trozos de la tradición. Confluyendo lo nuevo aprendiendo de lo viejo, y lo viejo pudiendo enseñar a lo nuevo.
Los mapas ya están trazados, quien sabe si aún quedan territorios por explorar, o si ya está todo recorrido. El caso es que cada barco es único y es único más allá incluso de la tripulación, pues también la energía de estos tiempos es diferente.
Muchos hablan de aguas cristalinas y tormentas que se pueden manejar. Otros, incluso, hablan del gran diluvio, mientras algunos piensan que aún depende de nosotros la dirección que tome el viento.
El caso es que parece que hay más facilidad para algunas cosas, el viento es favorable para la unión, para el encuentro, para la celebración y el agradecimiento.
Y todo esto, a su vez, está mezclado con brumas, con niebla, con dificultades y con ceguera. Una dificultad, que no impide arrojar un poco de luz a nuestra conciencia para agradecer lo que hay.

Llegamos cuando ya ha anochecido. Durante todo el trayecto la lluvia fuerte repiquetea en la luna del coche y cuesta ver el camino. El punto de unión es "La Torre de Navegantes" en Ecotopia, situada al oeste. Ahí nos dirigimos.
Todo está oscuro y la lluvia no cesa. Al llegar, bajamos por el sendero de piedras a las casas más cercanas al río. Ya se oye cómo pasa arrastrándolo todo, limpiándolo todo.
Enfrente de la puerta están el Capitán y Mar, al acecho de ver quien llega. Todo está oscuro y no nos reconocen hasta que estamos muy cerca.
El encuentro es gratificante, mientras, nos acomodamos a la nueva energía.
A la energía del lugar, a la energía del nosotros.

El último destino del barco fue el Castillo Inviolable. Este se hallaba cerca de los Prados del Rey, lindando con Gor. Habitar ese lugar es como estar en casa. Es el lugar donde todo se cae para dejar paso al corazón. Al mismo tiempo es un lugar que se nutre de lo sencillo y del nosotros.
La cuestión que nos planteamos ahora es, una vez que se ha llegado ahí, ¿cómo permanecemos?
Un antiguo navegante nos dijo que desde cualquier punto se puede acceder a él, y que además se puede hacer de manera directa, no nos dijo cómo, pero con él hemos arribado allí muchas veces. Con el misterio de lo que se habita con intención.
El palacio inviolable siempre estará en el recuerdo de los que allí estuvimos. En el recuerdo de nuestro corazón que no borra nada de lo que es sincero. Es una posibilidad, al acceso a través de intención y corazón. Y hasta que podamos volver físicamente allí, será también una realidad de nuestra conciencia.
¿Cómo llegamos? No podemos decirlo porque el intento más allá de nosotros nos coloco sin preguntar. Porque el intento lo sabe todo. Así que lanzar una flecha a ese espacio y habitarlo se puede intentar y voluntar, pero nada garantiza que el poder esté disponible.

El sol se cuela por el ventanal y nos despierta, es ahora en la mañana cuando nos vemos todos los que somos.
Hay gente de todo tipo, que ha venido de diferentes sitios. Unos son viejos navegantes, otros probablemente serán navegantes en el futuro. Hemos confluido en el oeste desde todos lo puntos cardinales. Aún no estamos todos, irán llegando a medida que transcurran estos dos días previos a salir de exploración.

Entre el conocimiento disponible de estos tiempos está llegando a nuestra corazón el conocimiento del agua. El círculo del RUH está aquí para acceder a ese recuerdo-conocimiento.
Giramos con el tiempo y compartimos cómo, desde que tenemos la medicina colgada, suceden hechos imprevistos.
El RUH nos prueba y nos protege.

"Mientras giraba veía y no veía nada,
mis manos estaban tan despiertas
que se habían dormido.
Extendí los brazos hacia el padre,
extendí los brazos hacia la madre.
Con una mano recibía del cielo,
con la otra enviaba a la pachamama, a la tierra.
Así, como somos, canales de interrelación
entre el señor y la señora.
Todo alrededor estaba y desaparecía,
pasaba por un breve fugaz momento.
Y tanto giraba, que estaba quieto
y tanto sentía, que me creí por un momento
que podía elevarme, que mis pies no tocarían el suelo.
El círculo alrededor sostenía el intento.
El corazón abierto, sin límites.
Fundido con Ella y con Él,
Fundido con Lo Único."

Todos los círculos se entrelazan, el círculo del RUH y de los Navegantes, se unió al círculo del Giro de la música, un anillo que mantuvo un fuego encendido por siete días avivando la llama sin cesar. Así, durante siete días y siete noches tiene lugar en el valle un trabajo para el recuerdo espiritual. Para la vivencia y manifestación del espíritu en nosotros.
Y juntos giran y giran deshaciendo nudos durante este ciclo. Confiando y proclamando.

Al día siguiente se sucede la primera reunión de la tripulación.
Dos jarras de té humean en el centro y un fuego encendido dibuja formas desde la chimenea. Cada uno expone donde está, de donde viene. Somos una tripulación heterogénea. La norma es que no hay normas, la norma es que puedes sentir lo que sientes, estar cómo estás. Creando un círculo, el espacio protegido se delimita y dentro dejamos la posibilidad para que el corazón se abra paso a través de la coraza.

A la mañana siguiente, nuestra Madrina nos cita para la tarde, hora en que nuestro carruaje se convertirá en una hermosa calabaza. Antes de esto, salimos de exploración hacia un lugar sagrado de la zona.
Es un pequeño monumento a las cuatro direcciones. Una guía nos conduce hasta allá a través de un empinado camino.
Al llegar, rendimos homenaje a las cuatro direcciones dando siete vueltas. La construcción es como una cúpula con cuatro puertas que se halla hueca en su centro. Por los alrededores la gente ha dejado figuras hechas con piedras. Lentamente caminamos alrededor sintiendo lo que nos provoca cada atalaya. Parece que puedes notar el fuego expansivo en una de las puertas y la aridez de lo esencial en otra. El viento fresco de la mañana o el mecer de las olas. Allí se quedan nuestras ofrendas al lugar.
En la cuesta abajo se complica el sendero, todo va bien mientras seguimos la orilla del río, pero llega un momento en que esta se hace infranqueable.
Siguiendo los pasos de un animal que nos acompaña encontramos una alternativa que no es otra cosa que una "pared de piedra". Un pequeño desafío para la exploración, pero bien sabemos nosotros que siempre está todo.
A nuestro regreso a la torre, la Madrina nos espera vestida de blanco. Subimos a lo alto y nos distribuimos para practicar ejercicios venusianos.
Oportunidad para descubrir que hay y no hay límites, que el regalo está detrás de esas puertas. A través de la conciencia, manejar el cuerpo, y a través del cuerpo, descubrir espacios de conciencia inhabitados.
Todo es camino. Cada nueva posibilidad, es experiencia de parajes que nos esperaban. Lo nuevo, conduce a lo nuevo que siempre ha estado.

Finalizan los ejercicios y después de llenar nuestras barrigas, ponemos el barco en marcha. Nos distribuimos al azar a lo largo de él, cuando nos damos cuenta de que hay un contenido implícito en esta distribución.
En la proa estamos todos los que somos nuevos tripulantes, menos uno de ellos; la flecha, la dirección. Franqueando la entrada esta el agua primordial, junto con la verdad y la valentía en la punta.
En la popa los que se encuentran son veteranos, al lado del Capitán. A babor y estribor, navegantes también con horas de navegación.
Somos la punta del barco quienes vamos a decidir el rumbo, sopesando las posibilidades observamos que tenemos la valentía para adentrarnos en un largo viaje así como la intención de sostener la dirección. Después de varias señales decidimos encauzar rumbo hacia el Templo de Maat, en la Isla de la Verdad. Nos quedan horas de viaje, pero nuestro rumbo es sincero.

Seguimos viajando cuando decidimos preguntar al oráculo, el oráculo nos contestó individualmente incluso aquello que no queríamos oír. Que para qué este viaje, el oráculo nos dijo;
"La barrera en el río permite que la fuerza aumente". Este barco nos proporciona energía. También el oráculo no recordó que es necesario el cambio, aunque duela.

Aún quedaba nuestra última misión, la búsqueda de la visión. Un chaman nos acompaña y una medicina nos empuja. Es el último círculo, se respira un ambiente un tanto solemne antes de empezar. Extendido en el centro sobre un pañuelo, objetos de poder que representan los elementos, así como variopintos instrumentos. Estamos agradecidos de conocer al portador de la sustanciad de poder y de sus enseñanzas.
No se lo que cada uno vio, yo puedo contaros que vi al espíritu ante mis ojos. Vi al Espíritu manifestarse en el lugar, Él siempre está presente, pero no siempre están los "ojos" para verlo. Fue tan sobrecogedor que me sentí en sus manos. Sentí que somos sus hijos y que estamos a su merced.

Antes de escribir esta historia le plantee a alguien mis dudas ante cómo contar esta expedición y él me dijo:
"Deja volar tu imaginación sin reparos y plasma en letras lo que pase por tu mente, para que no olvides todo aquello que quieres decir."

El barco, ahora unido, camina hacia la verdad.

 

Una navegante.